No esperábamos ninguna y nos encontramos con tres

Esta montaña se enclava al norte de la Sierra de Ancares, que marca el inicio, o el final (según se mire) de la Cordillera Cantábrica. Es una sierra limítrofe entre las provincias de Lugo y León y que cogería un pequeño cacho del suroeste de Asturias. En concreto este pico doble hace frontera entre León y Asturias; marcando con sus 1966 m la segunda altura de esta sierra.

Quien busque grandes alturas no las encontrará por estos lares, pues ningún pico de esta sierra alcanza, los 2000 m; pero quien busque belleza, la encontrará aquí de manera más generosa de la que pudiera imaginar.

Cordal de Sierra Bruteira, al fondo el Miravalles

Bajo la imponente presencia de sus cumbres, escondidos en sus faldas, aún quedan algunos buenos ejemplos de los bosques de montaña del noroeste ibérico, que albergan en su interior animales tan interesantes y escasos como el urogallo, el pito negro, el oso pardo…no me extiendo más, pues la lista sería muy larga.

La Sierra de Ancares es conocida también por sus pallozas, que era la vivienda típica de esta comarca, de bajos muros y pequeñas ventanas para minimizar pérdidas de calor, la techumbre es de paja de centeno, perfecto aislante. Aún quedan buenos ejemplos de pallozas, acompañados de espectaculares hórreos, también con techumbre vegetal, sobre todo en la vertiente gallega (Piornedo, en Lugo). Esta antigua tipología de vivienda entroncaría directamente con las viviendas de la cultura castrexa típica del noroeste ibérico, que alcanzó su esplendor hace unos 2000 años.

Hórreo y palloza, Piornedo

Después de esta breve introducción (no quiero seguir más, pues hablar de todo esto da para un libro) vamos a ir al tema que nos ocupa. Esta bella cumbre se puede subir desde los pueblos más cercanos como Balouta (recomiendo su visita) y Tejedo de Ancares en la vertiente Leonesa, y Luíña en la vertiente Asturiana, suponiendo una subida de cierta entidad. Nosotros hicimos el ascenso, cómodo que es a veces uno, desde el Puerto de Ancares (1669m), que une los citados pueblos de Balouta y Tejedo.

Desde el Cuiña: profunda cicatriz del Puerto de Ancares, en primer término a la izquierda, Peña Veneira (1822m), al fondo el Miravalles (1966m)

Primer día de verano, el tiempo acorde con la estación, despejado y sol de justicia, aunque la temperatura un poco suavizada por la altitud; algunos neveros todavía, orientados al naciente y al norte a partir de unos 1700m. Una vez situados en el puerto nos disponemos a iniciar la marcha con el objetivo siempre a la vista, a unos 5 km de distancia; el sendero claro y evidente va recorriendo el cordal de Sierra Bruteira hasta alcanzar el Miravalles en un ligero sube y baja con unas preciosas vistas, entre los 1700 y los 1800 m.

Inicio de la ruta

Al pasar por el paraje de Las Concas no puedo evitar mirar hacia el bello pueblo de Balouta de manera privilegiada, 600 metros por encima de sus tejados, rodeado de prados esmeralda. Algo más adelante a la altura de Los Froixos, pastan las vacas en unos jugosos herbazales, al lado de unas pequeñas lagunas estacionales, -¡Coño, vaya mariposa!- Mi corazón dió un vuelco, por fin la voy a ver, pensé. Ya que a esta jornada llevaba la secreta esperanza de ver a la Parnassius Apollo, escasa y espectacular mariposa de montaña que todavía no he tenido la fortuna de ver; pero me tuve que conformar con la no menos espectacular aunque un poco más frecuente Papillio Machaon, mariposa de gran tamaño, de la familia de los Papiliónidos y una de las más bellas, quizás la más, de España, -es una Papillio Machaon-, le dije a mi mujer un poco desilusionado, -mira, por ahí va otra-, me dice ella, -si, y por allá se ven más-, le respondo yo. Fue un momento difícilmente descriptible, hermoso y cuasi-mágico; en cuestión de unos pocos segundos, a medida que íbamos avanzando los cuatro caminantes por el serpenteante sendero, acabamos rodeados de, probablemente, cientos de mariposas de esta bella especie, que aleteaban juguetonas entre los brezales que nos rodeaban, flotando en la suave y templada brisa de la tarde. Nunca había visto hasta entonces un espectáculo semejante, y dudo que lo vuelva a ver; fueron no más de un par de minutos para la eternidad.

Balouta a vista de pájaro

Continuamos por el sendero hasta toparnos con un nevero bastante grande donde descansamos un poco para beber algo y disfrutar del contraste calor-frío. Aquí tuve la buena idea de enterrar en la nieve una botella de bebida isotónica para disfrutar de ella a la vuelta. Más adelante el sendero se vuelve un poco más aéreo justo en la línea del cordal, teniendo incluso que hacer una pequeña trepada de unos 3 metros por unas rocas, para encontrarnos con un rodal de robles (Quercus Albar), enanos, debido a la altura (unos 1750m.).

Congelador de bebidas

Después de pasar otro nevero nos plantamos delante de la subida final, mirando la dura rampa de bienvenida con cara de perro. El sendero brutalmente descarnado por el que dabas tres pasos y retrocedías uno; la tierra estaba totalmente suelta y había que irse agarrando a los brezos para poder traccionar algo y avanzar a duras penas. Una vez superado este obstáculo, la pendiente se suaviza y al pasar una revuelta veo que baja un tipo rubicundo, alto y delgado como una baguette. El caso es que ya no me acuerdo como empezamos a hablar, pero tuvimos el gusto de conocer a Gerhard, -me llamo Gerardo- así se presentó él en un correctísimo castellano; simpático austríaco y, sin duda, muy amante de las montañas, porque -vaya que no las hay en tu país-, le dije yo. El caso es que trabajaba de tour operador, trayendo adustos austríacos a España y tenía, como bien me demostró, un buen conocimiento de la zona: -aquello de allá es Lugo, no?- , yo tratando de disimular mi asombro le contesto: -claro, claro, veo que tienes todo bien controlado- , En efecto, Lugo se ve perfectamente en la lejanía desde las cimas de los Ancares, a nada menos que unos 50 km de distancia. Pero no contento con su conocimiento sobre nuestro suelo patrio, aún se atrevió a pedirme información extra, si conocía alguna zona o lugar especialmente interesante. –¡Ah si, bribón!…esta es la mía, pensé-, -te vas a acordar de lo que vale peineta y mantilla, chaval…-. Empecé a bombardearlo, señalando y soltándole de carrerilla los nombres de cada una de las cimas que se veían de los Ancares, comentándole que no podía dejar de visitar A Devesa da Rogueira, en la Sierra do Caurel, no muy lejos de allí, y otra serie de lindezas parecidas que harían palidecer a cualquier otra persona…pero…él era austríaco, claro, y lejos de amilanarse, el aplicado prusiano volvió a asombrarme de nuevo, sacando una pequeña libreta y un bolígrafo de no sé donde y SE PUSO A ANOTAR TODA LA VERBORREA SALIDA DE MI BOQUITA, TODA!!! -no puede ser-, pensé, -este tipo es una máquina-. –Cómo decías que era?, Demesa da Roguera?-, -No, no, De-ve-sa da Ro-guei-ra-, Le contestaba yo, deletreándole el nombre de sintaxis gallega, que lógicamente, le costaba un poco entender. Una vez acabadas las anotaciones nos despedimos de Gerhard no sin decirle antes que al día siguiente íbamos a subir el Cuíña, -pues puede que lo suba mañana también-, nos contestó. –Entonces puede que nos veamos- le respondí.

Buzón de cumbres, al fondo el Cuiña

En un par de arreones más nos plantamos en la cumbre, que hace honor a su nombre. Algunos vencejos nos saludan con sus chillidos mientras cruzan el mundo vertical de farallones y cortados de la cima, donde cuenta la leyenda que hay unas cuevas en las que se pueden encontrar unas cadenas de hierro y oro, quizás del tiempo de los romanos (me conformaba con encontrar las de oro). Enfrente, la otra cima, 6 metros más baja; separada de la principal por un profundo tajo que me quita la idea que tenía de llegar hasta ella; la tarde caía y había que pensar en ir regresando.

Iniciando el descenso, vista aérea del cordal, con el Cuiña de fondo

Mis hijos se habían adelantado un poco, unos 50 metros y en una revuelta del sendero grita Rodrigo –mamá, papá, una cabra montesa viene por el camino corriendo hacia nosotros!!- Me salta el instinto paternal y hecho a correr como un demente, tropezándome con las prisas y las piedras que casi me estampo de morros contra el suelo –coge una piedra y tírasela-, le grito, víctima de la impotencia; ya ves lo que le puede hacer una piedrecilla a una cabra montesa al galope, me imagino… -qué ridículo, menuda gilipollez!!-, pienso al instante. Cuando llegamos junto a ellos, la cabra, un desvergonzado macho joven, que debió llevarse un susto tan grande como todos nosotros, corría endemoniada desapareciendo al otro lado del cordal. Después de este último sobresalto pudimos acabar la ruta de manera tranquila y sosegada, bebiendo con avidez la fría bebida isotónica que desenterramos del nevero y disfrutando de los últimos rayos del sol, que iluminaban con su luz dorada los perfiles de la ruta del día siguiente, el impresionante Cuiña nos esperaba, pero esto es tema de la próxima entrada.

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